Tengo alergia a los gatos. No obstante no siempre fue así. Me acuerdo cuando vivía con mis padres y trajeron dos gatos a casa, uno de ellos bien pequeño, sin apenas casi poder andar al ver un pájaro se le pusieron los ojos como platos y se lanzó a por él como si fuera lo último que fuera a hacer en la vida. Cuanto menos, es curioso ver como los animales con ese instinto sabio son capaces de actuar de una determinada forma sin que nadie les haya enseñado.

Los humanos, por regla general, no somos tan hábiles en cuanto a capacidades heredadas se refiere, de tal forma que necesitamos aprender aquello que vamos a hacer, esto es, ver a otro antes hacer algo, es decir , copiar.

No obstante, si tuviéramos que comparar el instinto cazador animal a alguno que hoy tú y yo tengamos  seguramente tendríamos que hablar del siguiente: la capacidad innata de querer echar balones fuera cuando las cosas salen mal.

Desde el comienzo, cuando Adán al pedírsele explicaciones por lo sucedido ya creó escuela diciendo “fue la mujer que me diste”, el hombre parece que se ha vuelto un experto, no en cazar pájaros, sino en echar la culpa a otros cuando no es capaz de cazarlo.

Es aquí dónde nace el fenómeno de la autoatribución. Podemos definirlo como el hábito de atribuir los buenos resultados a nuestra habilidad mientras culpamos a factores externos de nuestros malos resultados.

Un estudio muy curioso analizó este fenómeno en las explicaciones que se daban en las páginas deportivas. Analizaron los comentarios que daban los atletas y entrenadores sobre la actuación que acababan de tener y examinaban si la tendencia innata de resbalar el bulto y atribuirse el mérito de los buenos resultados estaba presente. Y efectivamente fue así. En el caso de las  victorias el 75% de las veces los deportistas se atribuían el mérito mientras que sólo en el 55% de las veces se hicieron responsables de los malos resultados.  ¿Casualidad? Sabemos que no.

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